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Música

  • Valeria Suquyne
  • 7 ene
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: hace 6 días



La ley sonora del gallo


Preludio

A lo lejos, bajo un fresno, un niño sollozaba en silencio, y las hojas no se movían porque no había viento y las puertas no sonaban porque no había llaves con qué abrirlas ni con qué hacer el ruido necesario para distraerse, para no pensar en el agujero y no sentir que entras a una casa llena de gente, vacía por dentro, con vinilos que no suenan porque ya pasaron de moda y con un gallo dentro, que espera un motivo para ser interrumpido.



Primer movimiento. La mujer de la vida.


La tarde en que Lucio fue descuartizado vivo, las tres mujeres se lo comieron en el acto. El creador se lamentó: aquel sonido retumbaba en él como los golpes del martillo sobre la madera densa que aún le taladraban la cabeza, y aquella muerte volvía a ser la de aquel lejano hijo en la cruz. ¿Cómo era posible que los legionarios mantuvieran un ritmo tan coherente entre golpe y golpe?


Su taller era inmenso, aunque tenía solo dos habitaciones: una para construir los martillos, otra para crear flautas capaces de sustraer de la atmósfera el ruido de la carne aplastada y los sonidos internos del cuerpo. La misma mano que golpeaba con el martillo acompañaba a la otra, que tomaba la flauta y, fertilizándola en su dureza, extraía de ella la semilla de la distracción.


La primera mujer, ocupándose de su biología natural, inició el acto que permite la prolongación de la vida. El descuartizamiento no fue sencillo, aunque Lucio no se resistió; ya se sabe que una carne dura necesita un tiempo mínimo de cocción para ser cortada con decencia, salvo que el depredador cuente con colmillos y sangre de lobo.


Una vez cortado en pedazos, la mujer comió sin intención, sin el drama del hambre, sometiéndose al alimento como a la respiración.


Por cada ingestión, treinta y cinco mordiscos, la salivación precisa de un cuerpo sano, la deglución de la masa humana; el esófago recibiendo los primeros trozos de Lucio, el tubo muscular henchido de chasquidos; el latido rítmico de un gorgoteo necesario; el aire emulando el líquido amniótico primero: la primera música, la sinfonía inevitable de la digestión.


Luego, el pulso ralentizándose, relajado, en la muñeca delicada de la mujer de la vida; el sonido arcaico, anterior a la vista.

El creador escuchó cómo el ritmo de la masticación le devolvía el martillo, cómo el gorgoteo le repetía la cruz, cómo la digestión le ocupaba el pecho. Resonó sin comprender, reconoció una música que no había aprendido a fabricar. Lucio entraba ya en el ciclo de la carne y la deglución.



Segundo movimiento. La mujer de la repetición.


Las paredes del taller necesitaban revisiones continuas, por eso el creador se dedicó seis días a frotar con un cepillo cada centímetro, recibiendo en su cara hueca el polvo, el pegote del mortero que saltaba en escamas. Aceptó su condición de dios menor: sellador, yeso muerto. Trabajaba con la cabeza gacha. A veces cerraba un ojo, a veces ambos.


Por cada grieta texturizada, artesanalmente trabajada, los golpes en la habitación del martillo retumbaban con más fuerza. El impacto viajaba por la pared como una vibración espesa. Por su parte, la habitación de la flauta iba adquiriendo un color rosáceo, un atardecer vomitado de rojo, naranja, amarillo y violeta, dispersor de los últimos restos de azul. El creador se detenía a veces frente a ese muro teñido. Lo tocaba con la yema de los dedos y comprobaba su resistencia.


Al séptimo día, el insomnio lo castigó con un pitido persistente, incrustado detrás del oído. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda en la pared y esperó a que cediera. En esa vigilia, entre el golpe recordado y el aire aún inexistente, surgió un sonido dulce. No lo celebró. Lo reconoció, porque matanza y belleza eran hermanas antiguas.


Para que el artilugio funcionara, el martillo y la flauta debían articularse. Necesitó un día más para componer una partitura moralmente neutra que los uniera. Se inclinó sobre la mesa, contó con los dedos, marcó el tiempo con el pie desnudo contra el suelo. Probó una primera vez: la flauta entró demasiado pronto. La nota cubrió el golpe y el oído se saturó. Probó de nuevo: demasiado tarde. El martillo dejó un hueco insoportable. Detuvo el movimiento con la palma abierta y esperó a que el pitido se disipara.


Ajustó entonces el intervalo. Comprendió que la flauta no debía coincidir con el golpe, sino seguirlo apenas después. El martillo hería con impacto sólido; la flauta no dejaba marca. Entre ambos quedaba suspendido un color rosa, apenas un segundo. Ese leve retraso, esa terrorífica imprecisión, era la condición de la repetición. El creador lo supo en el cuerpo antes que en el pensamiento. Al final del día cayó rendido, convencido de haber encontrado una forma de evitar que el horror se acumulara en la conciencia.


La segunda mujer se acomodó a la música sin levantar la cabeza. Masticó la carne ya aplastada de Lucio con ritmo regular, sin aceleración ni pausa. El gesto dejó de ser urgencia y se volvió hábito. El creador escuchó su cadencia estomacal, el pulso estable del trabajo interior, y percibió allí una norma sonora. Aprendió a seguir sin pensar. A ella la canción le pareció adecuada. No bella, no gozosa, correcta.


Provenía del cuerpo de Lucio: algo que no entraba en la alternancia, como si hubiera llegado demasiado tarde para convertirse en aire. El creador lo percibió apenas una vez y desvió la atención.


Durante un tiempo, el sistema absorbió los sonidos con eficacia. Golpe y aire se correspondían. Sin embargo, algo quedó adherido al oído del creador. No era ruido ni era silencio. Una vibración espesa que no se aclaraba con la flauta. Ajustó de nuevo la distancia. Cambió de martillo. Ensayó otro aliento. El residuo persistía y no provenía de la mujer ni del instrumento. Era un resto que no entraba en la alternancia. Algo del cuerpo de Lucio quedaba fuera de la traducción, como si hubiera llegado demasiado tarde para ser aire. El creador lo percibió una sola vez y desvió la atención. El sistema toleraba ese exceso mínimo.


Un noveno día fue necesario. Exhausto, calibró, afinó, repitió, probó combinaciones hasta que la flauta comenzó a imitar un grito monstruoso: paralizaba lo justo, seducía lo necesario. Permitía matar sin resistencia. El creador sintió el logro asentarse en el pecho como un peso conocido. El sistema continuó.



Tercer movimiento. La mujer de la devoración.


Para el creador, entregarse al artilugio era más difícil, porque él mismo era dueño del engaño. Aun así, se había hecho con un gallo cuyo cacareo áspero, descompuesto y arrogante imitaba un terror primario: los golpes irregulares, la insistencia casi ridícula, el alarde hormonal, la incomodidad metálica de una vibración inútil, la flema.


El creador se quedaba en el umbral entre las dos habitaciones y dejaba al gallo deambular. Su brusco cacareo en armonía con sus ojos muy abiertos, superaba con mucho cualquier invención que intentara acallar el malestar interno, el dolor físico, la sinrazón agobiante de la vida cotidiana, y se instalaba sin competición.


Las tres mujeres eran el pequeño tiburón que devora a su hermano, el ruido asqueroso, la condición inevitable de la vida. La mujer de la devoración se comenzó a saciar pronto de la carne y se fue dando cuenta, en el despertar de una conciencia blanda, que requería expulsión, que el mecanismo se había vuelto tan rítmico que en un punto se había vuelto inconsciencia y en ese entregarse, aceleración.

Para ella la música llegaba siempre después, de manera que no esperó a que el aire ocupara el hueco del golpe, y aceleró. La carne dejó de someterse al intervalo, se precipitó. No había cadencia que sostener, ni hábito que estabilizar. El exceso de llenura reveló la indigestión.


El creador intentó seguirla con la flauta. Entró tarde y el martillo cayó dos veces sin espejo, la boca que sostenía la flauta deformaba demasiado el gesto. El oído se tensó. El creador aplicó sin tregua toda su atención a los sonidos que le resultaba difícil capturar.


El cuerpo deshecho de Lucio, hecho ya masa informe, era resto, vibración que se acercaba al silencio. Sin orden ni traducción, el creador percibió cómo ese residuo atravesaba la música sin quedar atrapado en ella, como si hubiera aprendido a pasar de largo.


Fue entonces cuando introdujo al gallo como último mecanismo. La pequeña bestia emplumada cantaba cuando quería, interrumpía, se adelantaba, insistía torpemente, pero con tanta constancia que parecía un demiurgo automático. Su cacareo áspero, descompuesto y arrogante funcionaba. Llenaba el espacio de ruido vivo y hacía innecesaria la espera, se confesaba en el exceso, en la falta de armonía. El terror encontraba ahí un espejo inmediato, irregular, eficaz.


La tercera mujer no se detuvo al oírlo. Devoró sin ritmo, sin pausa. El creador dejó de intentar coordinar. Permitió que el ruido cubriera el resto y por un tiempo, eso bastó.

Con la repetición brusca y acompasada, el sonido se espesó, y la flauta quedó relegada a acompañamiento débil. El martillo se ahuecó. Lucio ya no era cuerpo ni residuo tolerable y parecía que no era él el masticado sino el aire que recibía afectado los mordiscos insulares del gallo del creador.


Superada ya su invención, martillo y flauta descompuestos, el cacareo del gallo comenzó a agrietar las paredes de las habitaciones, y la masa resultado de lo que había sido Lucio se comenzó a volver sonido irreductible, ruido vivo, contra-música.



El gallo


Las tres mujeres, reunidas en la entrada del taller del creador, echadas contra la puerta sostenida sin paredes que la acompañaran, se comenzaron a resbalar exhaustas de biología. La ingestión, la digestión y la excreción se habían vuelto excesivas, y ellas acudían a las puertas del responsable para conocer la causa del fallo. ¿Había sido el cuerpo de Lucio, demasiado indigesto al ser demasiado ligero? ¿Había sido la incompetencia del creador, que no había logrado llenar todos los espacios de música y de ruido? ¿O acaso el gallo, que seguía cacareando sin razón?


Pasó un tiempo indefinido, hasta que la lluvia comenzó a empapar los trapos violetas de las tres mujeres, la de la vida, la de la repetición y la de la devoración, e incluso el gallo pareció al otro lado de la puerta bastante desolado. El creador se sostenía la cabeza con las manos, aquella entre las piernas, como un niño juzgado por sus padres de incompetencia, como un borracho sin ninguna historia de valor.


Los últimos cacareos desordenados, de amanecer mal dormido, de campo sin hierba fresca, el eco obstinado de esos cacareos del gallo siguieron el ritmo de la lluvia, que se fue yendo al compás de aquellos, y un silencio dejó en su exposición blanca toda la pegajosa incomodidad que nunca nadie había sido capaz de ver en el sufrir sonoro, y rasgó con su filo la ley de la distracción y afinó así su odio a la música.


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Para D



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