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Hotel

  • Valeria Suquyne
  • 19 ene
  • 14 Min. de lectura

Actualizado: hace 6 días


The amazing hotel-world quickly closes around him … the air swarms, to intensity with the characteristic, condensed and accumulated as he rarely elsewhere has had the luck to find it._

Henry James, 1969: 102.


Le pareció que había encontrado la empresa con el servicio perfecto: ellos se encargarían de hasta el más mínimo detalle, incluso de hacer fotografías del antes que no fuesen únicamente planos generales, sino también de pequeños descuidos en el doblez de uno de dos calcetines, del brócoli a punto de pudrirse en la nevera, del olor a masturbación del tercer cajón de su armario de densa madera.


En las imágenes promocionales aparecían cajas apiladas con una pulcritud conmovedora, casas reducidas a volúmenes neutros, interiores sin personas. Todo parecía preparado para ser guardado. No sólo los objetos: el tiempo, el uso, la biografía. La empresa hablaba del espacio como si se tratara de una sustancia corregible, algo que podía vaciarse, sellarse, ponerse en espera.


Luisa estaba emocionada.


“Mamá, en una semana comienzo mi estadía.”

“Pero qué sentido tiene, Luisa, es una idea absurda.”

“¿Has visto qué olor cuando entras a las habitaciones de los hoteles de cuatro o cinco estrellas? Casi parece que no huele a nada.”

Si tanto te preocupan los olores, déjame estar cinco días en tu casa y, con un poco de ayuda, te la dejo impoluta, casi transparente. ¿Recuerdas el olor de la caca de tu hermano cuando era recién nacido? Ese olor suave te llega a la nariz como copos de algodón. Así te dejaré la casa.”

“Mamá, no sé si nos parecemos demasiado o si hemos sido lanzadas al mundo por el capricho inmenso de algún empresario que nunca se recibió.”

“¿Y cuánto tiempo te alojarás?”

Ha sido carísimo. Quería estarme una semana, pero apenas pude aprovechar la promoción de invierno y estaré tres días.


El marido de Luisa se iba con sus hijas a donde la abuela. Ella, en el proceso de buscar unas oficinas de almacenaje para guardar temporalmente cajas de ropa, libros, enseres y artesanías que ocupaban inútilmente la casa, dio con que una de las empresas más impopulares del mercado prestaba servicios alternativos.


Después de once años de entrega mecánica a una familia surgida casi por generación espontánea, estaba agotada. A excepción de su pasión por los mangos y por escuchar las conversaciones de los hombres mayores en las cafeterías de barrio, su vida le resultaba bastante decepcionante. El olor a lentejas del aliento de su marido, la calma incesante de sus adorables hijas, la absoluta falta de creatividad en su vida, emergían ahora bajo la forma de insomnios insobornables, dolor de espalda crónico y una amargura que le llegaba a las papilas gustativas, obligándola a expulsar una mueca que su marido, claro, consideraba muy desagradable.


La ida de sus tres amores era un alivio enorme. Sus huellas, voces y posesiones invadían la casa como pequeños demonios mirándola desde la oscuridad, riéndose tras los armarios. Luisa caminaba entre ellos con pasos medidos, dejando que la brisa de la ventana moviera apenas un velo de polvo, con la ilusión enorme de una pequeña revolución. La despedida fue breve. Casi le pareció decir adiós a tres figuras de papel, arrugadas como si el agua les hubiera deformado los bordes, con voces delgadas como pequeños hilos de febrero.


Como habían acordado, los limpiadores llegaron a las horas estipuladas del día siguiente. No anunciaron su llegada con timbres ni saludos; simplemente comenzaron a instalar una suerte de cabina móvil en el centro del salón, una estructura modular, silenciosa, de paredes translúcidas, cuyos vidrios fueron empañándose mientras ellos se movían a su alrededor con una precisión que a Luisa le pareció coreográfica. A partir de ese momento, según constaba en el contrato, ella no podría salir de allí hasta haber tomado el avión rumbo a su lugar de destino.

Aunque el documento decía explícitamente que el cliente no debía preocuparse por el desorden o la suciedad, que incluso esos descuidos enriquecerían la experiencia, un pudor obsesivo la había llevado a pasar la noche en vela, limpiando y ordenando todo lo que pudo. A pesar de no dormir, sintió una especie de satisfacción: nunca podía limpiar a sus anchas porque ocupaba su tiempo en atender tres cuerpos ajenos, y el suyo que ella apenas reconocía como suyo.


La primera limpiadora reaccionó con una decepción perceptible. El eco de los productos de limpieza aún flotando en el aire, las ventanas abiertas de par en par en pleno invierno y la figura de Luisa con un vestido de flores amarillas y verdes, y un abrigo que apenas disimulaba la descoordinación de su cuerpo con el mundo, no encajaban en el escenario esperado. Vestida con un traje que solo dejaba ver el rostro a través de una delicada pantalla transparente, la limpiadora comenzó a fotografiar la casa con una paciencia quirúrgica. No se trataba de planos generales, sino de una intimidad microscópica: el doblez imperfecto de un calcetín, la humedad de una tabla de cortar, el aguacate abierto por la mitad, ya entregado a su rápida putrefacción.


Las cámaras eran profesionales, futuristas, y su zumbido constante empezó a producir en Luisa una sensación incómoda, como si cada imagen arrancara una capa de piel. No era la casa lo que estaban registrando, sino su forma de estar en ella. La pantalla sucia del ordenador, las cartas sin abrir, la pulcritud excesiva de los espejos: todo, al ser escaneado, la hería en algún punto del pecho. Tuvo la certeza de que aquellas imágenes no servirían para reconstruir el espacio, sino para corregirla a ella.


El segundo limpiador entró cuando el registro visual estaba terminando. Sus brazos parecían demasiado grandes para un cuerpo humano, como si hubieran sido diseñados a otra escala. Su expresión oscilaba entre la adrenalina y la fascinación ritual. Usaba maquinaria de gran sofisticación, y cada uno de sus movimientos convertía la casa en un lienzo sometido a una reinterpretación.

Pronto, el hombre comenzó a sudar. El cuerpo le brillaba bajo la luz natural que entraba por las ventanas y Luisa lo vio bajo la forma de un gladiador moderno, una bestia perfectamente entrenada para destruir con cuidado, de cuidar lo destruido, de cuidarla a ella. Fantaseó con una claridad que la avergonzó, con arruinar el proceso, con interrumpir la coreografía para concretar su ansia de ser deseada, necesitada, adorada. Deseaba esa interrupción, la revelación del error, la caída de los muebles casi imposibles de trasladar.


“Descuide. Cada mueble, cada utensilio, cada alimento será desplazado con sumo cuidado y mantenido en estricto sellamiento. Soy un experto en eso. Quizá lo haya notado.”


La placa con su nombre era diminuta y se movía al ritmo de su respiración. Luisa leyó _Robert_ y sintió que aquel nombre le pertenecía, era el de su hombre, y una punzada en el corazón la atravesó al sospechar que la primera limpiadora y Robert eran amantes, y no sólo eso, sino que se amaban realmente. Ese pensamiento le dolió más que cualquier otra cosa en los últimos meses, más que el tedio, la desesperanza, más que los desprecios mutuos que tenía con su marido. Lo que la hirió no fue imaginar sólo que se desearan, sino comprender que compartían una intimidad que antes de pasar por el cuerpo, pasaba por el método.

La casa empezó entonces a perder peso. Los sonidos se apagaron, los olores se retiraron de forma errática. Primero el pasillo, luego el dormitorio, después el sofá. La casa no empezó a oler bien: empezó a no oler. Ese vacío olfativo que Luisa asociaba de inmediato a los hoteles de cuatro y cinco estrellas, donde el aire parece no haber sido respirado nunca. Cuando Robert dejó la casa, algo central de ella se fue con él.

El tercer limpiador apareció repentinamente. No traía maletín ni maquinaria visible, y su ropa, si aquello era ropa, parecía confeccionada con el mismo material que el aire después de una tormenta: algo que había sido denso y ahora ya no lo era. No sudaba. No respiraba de manera perceptible. Tenía un rostro impreciso, no borroso sino neutral, como si todavía no hubiese decidido del todo qué rasgos conservar. A diferencia de los otros, no tocaba los objetos: se detenía frente a los espacios que habían dejado al irse, el rectángulo más claro donde había estado una mesa, la sombra limpia de una cama retirada, la ausencia exacta de un cuadro, y permanecía allí unos segundos, inmóvil, hasta que incluso esas huellas desaparecían.


Su trabajo no consistía en desplazar ni en sellar, sino en cancelar. Con cada pausa, el apartamento perdía una capa más de realidad: no quedaba polvo, ni eco, ni temperatura emocional. Era el encargado de borrar las decisiones finales, de garantizar que aquel lugar no recordara ni siquiera haber sido limpiado. Cuando pasó junto a Luisa, ella tuvo la certeza, aterradora y precisa, de que si se quedaba demasiado tiempo a su lado, también ella correría el riesgo de quedar reducida a un espacio correcto, perfectamente habitable, y absolutamente vacío.

Las paredes ya no devolvían historia. El suelo no retenía huellas. Las superficies eran extrañamente nítidas por defecto de corrección.

Fue entonces cuando comprendió que el servicio no consistía en limpiar la casa, sino en sustraerla de su pasado, convertirla en una habitación perfecta para alguien que aún no había llegado. Sus maletas estaban listas de antemano en la puerta de la casa, así que salió pisando casi con estruendo las veintiún escaleras parcas que había subido y bajado millones de veces, sin reparar jamás, hasta ahora, en la presencia que adquirían gracias a ese golpe de tacones. Elevó la cabeza mirando al cielo y se subió a un coche negro con ventanas oscuras, que la condujo hasta un avión privado, finamente diseñado como el mejor simulador que ella se hubiese podido imaginar.

Durante el vuelo, que duró aproximadamente cincuenta minutos, Luisa miró por la ventana los Alpes elevándose con elegancia, sacó su peinilla y, ya que no tenía que ser pudorosa puesto que no había nadie, se quitó el pañuelo amarillo de la cabeza y comenzó a peinarse sintiendo que toda ella era digna de aquellas vistas. Le extrañó que no hubiera pasajeros y que todo pareciera tan austero, pero recordó que había pagado por una experiencia exclusivamente para ella. Este súbito recuerdo la hizo sentirse horriblemente sola y pensó en Robert sin entender por qué no estaba allí para ella, protegiéndola, acompañándola y acariciándole el precioso cabello recién tinturado. Un olor de metal penetrante llegó a ella como el golpe repentino de una avería.


Al llegar a su destino la recogió un coche casi igual al anterior, si no fuese porque el conductor esta vez parecía más ordinario, e incluso quiso hablar con ella. Lo evitó ignorando sus intentos de saludarla, pero en lugar de disfrutar de sus ínfulas repentinas, sintió que había desaprovechado una oportunidad preciosa. No hay nada más valioso que un amigo, y quizás hubiese encontrado en él a un amigo de por vida.

Sintiéndose miserable, se acomodó el pañuelo de nuevo y sacó su libro de turno. Su respiración se asentó e incluso tuvo un momento de aquellos en los que un lector suspende la lectura, lleno como un recipiente recién inundado del más aromático licor, y mira al horizonte sólo para dar espacio a que cuele y se distribuya el gran estupor. Al bajar del coche caminó con buena postura y tropezó ligeramente tras subir un escalón que había supuesto allí. Miró por todas partes y vio entonces a su izquierda a una mujer con atuendo de auxiliar de vuelo, que sin musitar ninguna palabra le dio un sobre sellado, unas llaves y un papelito con el nombre y la clave del wifi.


Abrió la puerta sin dificultad y entró a su apartamento privado, parte de una red hotelera que iba desde habitaciones hasta chalets con servicios personalizados. Al cruzar el umbral y pisar el recibidor, sintió que algo le pesaba en el estómago, que era casi un golpe, una rasgadura. Se tocó el pecho y se puso unas sandalias de pelo fino, preciosas, suaves, parecían hechas para ella. Descubrió las iniciales LV cuando ya las llevaba puestas y sintió unas náuseas que contuvo sólo por el temor de ser observada o el vértigo de tener que hablar con alguien de la limpieza.


El olor a productos ecológicos, un olor etéreo, inasible, se le metió en la nariz al colgar su chaqueta en el gancho de la entrada, y tuvo que sostenerse en una de las paredes. Quizás aquellos eran los Alpes reales: una elevación tan perfecta que no ofrecía ningún lugar donde apoyarse. Caminó hacia el interior y comprobó que cada gesto encontraba su réplica exacta: el gancho de la entrada había quedado a la altura precisa de su hombro, no tuvo que elevar el brazo ni inclinarse, como si alguien hubiese medido la caída natural de su cuerpo al desvestirse. Al avanzar por el pasillo, la luz se activaba con una demora mínima, elegante, nunca sorpresiva, y se apagaba detrás de ella sin producir sombra alguna.


Al entrar a la habitación principal fue directamente a la cama y hundió la nariz en la almohada, intentó atrapar algún olor escondido bajo la funda, aspirando con profundidad en cada respiración. Tanto tiempo se quedó que comenzó a respirar con agitación y un ahogo repentino la hizo levantar la cabeza, como si la hubieran sacado del agua oceánica en la que en aquel momento quería estar, rodeada toda de agua, sin saber nadar, ante el abismo de no saber nadar y la certeza de una muerte lenta pero definitiva.


Al despertar sintió ganas de vomitar y al cruzar el pasillo que conducía al baño, se encontró con una pequeña sala de cine. La mancha amarillenta ensució la alfombra y Luisa pensó en el limpiador Robert, le pareció ver su expresión de asco y se sintió miserable. Buscó el baño, que estaba demasiado cerca de la cocina, y a tientas dio con el interruptor de la luz de esa habitación sin ventanas que sus hijas siempre habían aceptado con sumisión. Se sentó en el suelo, abrió la tapa del water y esperó. Se metió un dedo en la boca pero ya era demasiado tarde. Fue a la habitación de cine, se cubrió con una gruesa manta y vio un espejo a un lado del sillón isabelino color azul aguamarina que debía haber costado un ojo de la cara.

Luisa se incorporó con lentitud. La alfombra estaba limpia, irreprochable, pero el cuerpo no había terminado de obedecer. El estómago le pesaba como si aún llevara dentro algo no expulsado, una sustancia tibia, moral, que no encontraba salida. Se miró en el espejo junto al sillón. El rostro hinchado, los ojos ligeramente desencajados, una expresión que no recordaba haber usado nunca frente a nadie. Se acercó más.


No era una mancha ni un resto. Era una huella precisa, opaca, detenida en la superficie pulida del cristal del espejo. Una mano pequeña, abierta, apoyada con cuidado, como si hubiese pedido permiso antes de tocar. Los dedos, finos, separados, marcados con una claridad que no admitía duda. Luisa levantó su propia mano y la superpuso. No coincidía. Ni en tamaño, ni en forma, ni en intención.

Sintió un vértigo seco. Pensó en sus hijas, en la grasa mínima de los dedos, en la costumbre de tocarlo todo para asegurarse de que el mundo seguía ahí. Pero aquella huella no tenía nada de infantil. No había juego ni descuido. Era una marca administrativa, una prueba silenciosa de paso, un certificado, u otra cosa, una trampa.


El espejo devolvía su imagen corregida, cuidadosamente iluminada, pero la mano permanecía allí, insistente, sin responder a su presencia. No se borraba al pasar la manga. No reaccionaba al aliento. Comprendió entonces que el espejo estaba allí para situarla. En ese vidrio coexistían dos espacios incompatibles: el lugar que ocupaba y el lugar desde el cual era observada. Allí donde se veía, no estaba. Allí donde estaba, ya no se veía del todo. La casa-hotel funcionaba como una contracción: un espacio real que exigía pasar por un punto virtual para ser habitado.

Pensó, con una incomodidad sin nombre, que quizá había dos Luisas moviéndose en un mismo perímetro: la que conservaba marcas, olores, torpezas; y la que aprendía a no dejar rastro. Entre ellas se sustituían.


Vio una postal en una mesita de madera: “El mundo-hotel es a la vez exhilarante y claustrofóbico. Representa la emoción del viaje junto al terror de espacios desconocidos e incognoscibles. Bienvenido, siéntase como en casa”. Luisa pensó, o alguien pensó por ella, que no había espacio más incognoscible que ese al que había llegado: uno sin coordenadas, sin geografía, sin afuera. Un lugar perfectamente preparado para que nada volviera a ocurrir.


Los cajones se cerraban con una suavidad humillante. Las puertas ofrecían siempre la resistencia exacta. Cada objeto parecía saber de antemano cómo debía ser tocado. Abrió un armario. Allí estaba el abrigo de su marido, colgado con una corrección impecable. No olía a lentejas, ni a sudor, ni a calle. Era un abrigo funcional, abstracto, sin biografía. Sintió una punzada al comprender que aquel hombre, once años de convivencia, de conversaciones sin conclusión, de cuerpos compartidos sin sorpresa, podía ser reducido con tanta facilidad a un elemento neutro del sistema.

Se sentó en el borde de la cama. Todo en ese lugar parecía diseñado para que no ocurriera nada. Ni siquiera el dolor encontraba dónde apoyarse. El lujo ofrecía cancelación sin consuelo. Pensó que su marido habría apreciado aquella exactitud. Él siempre había sabido dónde dejar las cosas. Ella siempre había dejado algo fuera.

Entendió que la limpieza era una fe más que una técnica. Una religión sin dios visible, basada en la eliminación progresiva del residuo. La familia, el olor, la corona marcada en la almohada, esa mínima invasión del aire, eran pecados leves que exigían corrección. Se limpiaba para vivir menos, no para vivir mejor.

Luisa no estaba alojada: estaba almacenada. La empresa simplemente había ampliado el inventario.


Fue al baño. Se lavó la cara y al secarse notó que un objeto pequeño brillaba en la bañera. La llave estaba apoyada sin ceremonia. La recogió. El metal era liviano, preciso. En el llavero, grabado con una tipografía mínima, leyó un nombre: _Robert_. No había logotipo, ni advertencias, ni instrucciones. Sólo eso. Robert. Y un número.


Sostuvo la llave durante un tiempo que no supo medir. No recordó haberla recibido, pero tampoco le sorprendió encontrarla allí. Lo atribuyó a un descuido, casi a un destino. La guardó en el bolsillo de la bata y caminó hacia la entrada. El apartamento estaba en silencio.


Cruzó el pasillo. El salón estaba de vuelta, la casa también.

Todo había regresado exactamente a su lugar. Los muebles, los objetos, el desorden leve de la vida cotidiana. El sofá con su hendidura conocida, la mesa con la pata apenas inestable, el olor mezclado de comida antigua y detergente barato. La vida había sido restaurada con una fidelidad casi cruel. Avanzó unos pasos y sintió el golpe seco del contraste: el hotel había sido un paréntesis y ahora volvía al texto principal. Uno y otro habían sido desposeídos.


Se miró en el espejo del recibidor. Allí también había una huella, más antigua, más borrosa. Esa sí la reconoció. Una marca hecha sin intención, sin método. Sonrió sin fuerza.

Salió de la casa con las babuchas puestas y cerró la puerta. Buscó las llaves en la maceta del suelo, como siempre había hecho con su marido, y allí estaban. Cerró con seguro, miró la terraza y un viento frío se le metió por el pecho de la bata; había salido sin estar lista, sin la vida lista, sin la preparación adecuada.


Volvió a poner las llaves de la casa en la maceta, sacó la llave del hotel del bolsillo, la introdujo en la cerradura, giró levemente la muñeca y abrió.


No había casa, pared, suelo, ni aire ligero que respirar. No oscuridad, no luz: ausencia de coordenadas. Ningún olor. Ninguna temperatura. Ningún eco. El hotel no había sustituido a la casa, la había retirado como se retira una mesa después de comer.



_________


Mamá,


He recibido el cobro correspondiente al internamiento de Luisa. Te escribo porque el precio ha vuelto a subir y no puedo afrontarlo solo. Al parecer, el reajuste responde a “mejoras en el tratamiento” y a la ampliación del programa de adaptación prolongada. Adjunto el desglose para que puedas verlo con calma; paguemos este mes juntos.


Nos han dicho que, por ahora, no es conveniente que salga. No tiene la capacidad de vivir en sociedad sin riesgo para sí misma ni para el entorno. Yo sé que estas palabras suenan duras, pero es la fórmula que utilizan y no he conseguido que la cambien. Dicen que es importante mantener la continuidad del proceso, que cualquier interrupción podría ser perjudicial.


Su marido ha dicho que va a ayudar a reunir el dinero. No lo ha puesto fácil al principio, pero entiende que es lo mejor. Se ha comprometido a colaborar para cubrir el resto del año en curso completo desde el próximo mes, aunque eso implique ajustar muchas cosas. Me ha pedido que te diga que lo hace por responsabilidad y por cariño, aunque no sepa muy bien cómo nombrarlo.


También quería contarte algo que quizá te tranquilice un poco: Robert, el director del centro de salud, ha sido muy amable. Dice que conoce bien el caso de Luisa y que, dadas las circunstancias familiares, está dispuesto a aplicarnos un descuento. No es mucho, pero ayuda. Me dio la sensación de que se preocupa de verdad, de que entiende.


Por favor, dime qué puedes aportar y cuándo. Sé que es incómodo hablar de dinero así, pero no tenemos otra opción. Yo me encargo del resto de los trámites.


Un abrazo,

Andrés. ----- Para D


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