Caracol
- Valeria Suquyne
- 19 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 6 días

Había sido un día precioso en su sencillez: nada de ínfulas, exageraciones ni carreras. Y decir eso, para una corredora profesional que suele entrenar cada día por mínimo tres horas, es mucho.
Lucía sentía que se le notaba incluso en la piel, que le agradecía donándole un tacto suave, apenas húmedo, y los ojos despiertos y frescos. La subida a su casa era un antídoto perfecto contra esos otros días de frugalidad y rapidez. La colina en donde vivía parecía ser dueña de una atmósfera constante de paz, probablemente porque la habitaban, en su mayoría, personas mayores. Incluso esa tarde, los pensamientos de Lucía eran límpidos, afilados pero suaves, certeros.
A esa hora el otoño era generoso en colores. Lucía, casi flotando, comenzó a notar una neblina densa que bajaba la calle, como si un gigante exhalara una bocanada de vaho y lo cubriera todo. Era tan clara y tangible su presencia que Lucía sintió el impulso inmediato de salir corriendo. Pero enseguida se recompuso: ¿huir de una nube fría y preciosa? Sería absurdo. Era uno de los días más hermosos de los últimos tiempos.
Así que siguió caminando, casi contando los segundos para atravesar esa cortina inmensa, y cuando estuvo a punto de recibir aquel baño de blancura, notó algo que la detuvo: con la neblina venía una procesión de caracoles arrastrándose hacia ella.
No eran simples caracoles. Tenían una gravedad silenciosa, una lentitud que era casi música. Avanzaban dejando tras de sí un hilo de luz húmeda, una caligrafía transparente sobre el asfalto. Sus cuerpos viscosos parecían respirar al ritmo del mundo, dilatándose y contrayéndose con una elegancia que rozaba lo sagrado. En el extremo de cada uno, dos finos tallos temblaban, sosteniendo unos ojos mínimos, brillantes, como gotas que hubieran aprendido a mirar.
Lucía se detuvo, indecisa entre el asombro y el miedo. Pero la escena era tan irreal, tan poderosa, que no pudo sino aceptarla, recibirla, como se recibe una revelación. Cuando la neblina la tocó, sintió un escalofrío que le llegó a los huesos y temió aplastar alguno de aquellos seres. Sin embargo, al mirar al suelo, todos se habían detenido. Luego, lentamente, giraron sus cuerpos en el mismo sentido en que ella caminaba y comenzaron a seguirla, arrastrándose a su ritmo, como una corte viscosa y silenciosa que la acompañaba colina arriba. La neblina se movía con ellos, como si los envolviera en un mismo destino.
Al día siguiente declararon oficialmente el confinamiento de la colina: habían llegado, por fin, las tan esperadas visitas.
Y desde entonces, entre la bruma y los caracoles, Lucía fue llamada la nueva _reina de la colina neblinosa_.
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Para D
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