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Sin novedad

  • Valeria Suquyne
  • 3 abr
  • 2 Min. de lectura

Era primavera, aunque el calor aún no había llegado con la suficiente dignidad como para que yo caminara desabrigada. Ya sabía que no podía esperar más, así que me puse mi mejor abrigo, envolviéndome con cuidado contra el frío que todavía persistía en el camino hacia el bar.


Debajo llevaba el vestido de seda blanca que mi abuela me había regalado aquella misma tarde en que me confesó, casi con ligereza, que había sido una prostituta célebre en el oeste del condado de Greenwich. El vestido siempre había tenido un aire elegante de libidinoso misterio y me entusiasmaba llevarlo esa noche.


El bar estaba lleno de hombres, ni una sola mujer había apostado por la inutilidad. Todos aquellos hombres bien compuestos, con los abrigos abotonados y el pelo aplastado hacia atrás con gomina, parloteaban. En cuanto me senté en la barra y pedí una Guinness, lo sentí sin filtro: todas las miradas encima de mí, pesadas, húmedas, evaluando, recorriendo cada centímetro. Nadie disimulaba, ni ellos ni yo. Dejé que creciera.


Cuando por fin me quité el abrigo, entendí, con una certeza serena, que algo ya había empezado a desplegarse. La seda se posó sobre mi cuerpo; el aire cambió. Mis pezones se marcaron a través de la tela, y la sala, aunque inmóvil, se inclinó hacia mí. Mis ojos ardientes de cocodrilo no parpadearon.


Di un primer sorbo a la cerveza y el inmediato amargor, el frescor, el calor leve expandiéndose por el pecho fueron firme anclaje, pausa y umbral.


Entonces, sin prisa, completando el gesto largamente ensayado, volví a llevar la mano hacia el abrigo de pelo negro que me había estado protegiendo y que ahora colgaba como guardián de bosque sobre el taburete.


Sin pudor ni vacilación saqué la Heckler & Koch MP5A3. Era compacta, contenida, sin nada ornamental. El metal mate absorbía la luz;m, negro, opaco, sin reflejo. Al tomarla sentí primero el frío, limpio, inmediato. Después el peso: equilibrado, exacto, distribuido sin sorpresa. La superficie, ligeramente rugosa en los puntos de contacto, no cedía ni buscaba agradar.


El gesto no alteró la escena de inmediato: la barra siguió siendo barra, los hombres siguieron siendo hombres, la cerveza permaneció intacta en su amargor. Hubo un breve margen en el que todo conservó su forma y, al cabo de una prístina claridad, dejó de hacerlo.


Luego, la voz. No una voz, sino varias, perdiendo consistencia. Demasiado altas, mal colocadas, ajenas a la seguridad con la que habían ocupado el espacio segundos antes. Alguien empujó una silla; otro no supo hacia a dónde moverse. El conjunto dejó de sostenerse.


Entre aquel derrumbe completé la herencia de mis abuelas y la preciosa seda blanca de mi vestido recibió el rojo brillante de las brutas salpicaduras. ----- Para D


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