Diversa
- Valeria Suquyne
- 4 jul
- 7 min de lectura

Diversa
A los siete años yo ya sabía distinguir a las niñas que habían nacido tranquilas de las otras.
Las tranquilas llevaban el uniforme limpio hasta los jueves. Las profesoras les tocaban el hombro al hablarles. Tenían la letra redonda y los dientes pequeños. Parecían venir ya peinadas desde el nacimiento.
Lorena era una de esas.
Yo no, a mí el pelo me amanecía abierto por detrás como si alguien hubiera dormido dentro. Mi madre decía que algunas niñas sudaban más que otras y me frotaba la nuca con perfume. En clase yo intentaba no moverme demasiado para no olerme.
Era pequeña, o eso supondría la mayoría. Siete años y el temor a ser observada, siempre mal observada, con mi piel manchada, mi pelo grasoso y mi adoración por Lorena.
Lorena olía siempre a algo frío.
No sé exactamente cuándo empezamos a ser amigas. Tal vez nunca lo fuimos del todo o tal vez lo fuimos profundamente. En los recreos acabábamos juntas, como dos animales que hubieran aprendido el mismo truco.
Lorena sabía cosas.
Sabía doblar las mangas del jersey sin que se deshicieran. Sabía mirar a las profesoras sin bajar la cabeza. Sabía cuándo alguien iba a ponerse a llorar.
Sus ojos tornasolados, mezcla de verde militar, gris y violeta, provenían para mí de una dimensión incognoscible a la que debía obedecer.
Una vez me dijo:
“Tu madre te corta el flequillo ella, ¿verdad?”
Y después siguió comiendo mandarina.
Yo asentí aunque no era cierto.
Esa noche me miré mucho rato en el espejo del baño.
Cuaderno azul
Lunes 1995
“Sofía siempre tiene algo torcido.
Las medias, el cuello, el pelo, la cara.
Como si hubiera salido rápido de algún lugar.”
En religión la hermana Pilar nos explicó que Dios podía verlo todo.
Todo. Incluso pensamientos.
Yo pensé inmediatamente en Lorena.
Pensé en las veces que había querido tocarle la cara.
Pensé en las veces que había querido desaparecer.
Pensé también en la semana anterior, cuando mi corazón pequeño se rompió de verdad y sentí un dolor físico, denso, en el pecho.
Me pregunté si Dios diferenciaba entre imaginar algo y estar a punto de llevarlo a cabo. O hacerlo.
La hermana Pilar dijo que sí.
Cuaderno azul
Martes 1995
“Sofía casi nunca sostiene la mirada.
Es como si creyera que algo malo pudiera salir de los ojos de los demás.”
La semana de la tierra húmeda, así la bautizó mi memoria, empezó con calor.
Las moscas se quedaban pegadas a las ventanas de la clase y la profesora las abrió apenas un poco porque decía que afuera estaban fumigando los árboles.
Lorena y yo estábamos cerca de la fuente pequeña del patio. El agua salía marrón los primeros segundos y después se aclaraba.
Yo le estaba contando algo sobre mi hermano, pero Lorena parecía distraída. Miraba la tierra húmeda que rodeaba la fuente y de pronto metió la mano.
La tierra le quedó debajo de las uñas.
“Mira” —dijo.
Y me lanzó el puñado entero a la cara.
Mi cara, seguramente deformada por el estupor, se llenó de minúsculos granos negros y sentí en la lengua el raspón seco de las plantas aún no germinadas.
Lorena empezó a reírse, no con una risa grande, sino con una risa pequeña y tranquila, como si acabara de comprobar algo.
Las otras niñas también se rieron.
Yo no. Yo me quedé quieta. Sentía que si me limpiaba demasiado rápido iba a empeorar algo.
La tierra olía igual que las macetas mojadas de la iglesia.
Aquella tarde me dolió el pecho de nuevo, como si el corazón hubiera terminado de partirse por dentro.
Cuaderno azul
Miércoles 1995
“Le tiré tierra porque quería tocarle la cara.”
Cuaderno azul
Jueves 1995
“Sofía tiene pestañas larguísimas y sin curva.
Cuando cierra los ojos parece enferma o santa. O una vaca pastando”
En el recreo enterrábamos hormigas.
Les hacíamos huecos diminutos con palos de helado y después las tapábamos despacio con tierra. Algunas seguían moviéndose debajo.
Una niña dijo que eso era pecado.
Lorena preguntó:
“¿Pecado pequeño o pecado grande?”
La niña no supo responder.
Lorena sonrió apenas.
Yo pensé que probablemente el infierno estaba lleno de niños confundidos.
Ese año la hermana Pilar había pegado encima del tablero una imagen enorme del Sagrado Corazón.
Jesús apartaba la túnica con una mano y mostraba el corazón abierto, rojo y brillante, como una fruta partida.
A mí me daba miedo mirarlo demasiado.
Sentía que algo dentro del pecho podía abrirse también.
Cuaderno azul
Viernes 1995
“Hoy la profesora Marta me acarició el pelo y me dijo delante de todos que yo siempre parecía tranquila.
Yo estaba pensando en arrancarle el ojo a una muñeca.”
Durante varios días me dolió el pecho. Mi madre me creía, sufría. El mío era un dolor redondo, duro y vivo.
Como tragarse una piedra caliente.
En clase dejé de levantar la mano.
En los recreos seguí caminando detrás de Lorena.
Ella no pidió disculpas. Tampoco hacía falta. Lorena nunca parecía hacer cosas malas realmente. Las hacía desaparecer dentro de otra cosa. Elegancia, tal vez.
Como yo, Lorena también era una rechazada, pero todo en ella indicaba que lo ignoraba. O peor: que nunca había necesitado defenderse de eso.
A veces Lorena podía quedarse callada tanto tiempo que parecía estar escuchando otra habitación.
Una vez una profesora dijo que yo era una niña diversa. Lo dijo en voz baja, hablando con otra profesora en el pasillo. No entendí exactamente qué significaba, pero comprendí que no era algo bueno. No tenía a quién preguntarle.
Cuaderno azul
Lunes 1995
“Hoy Sofía me siguió durante todo el recreo sin hablar.
Parecía un fantasma pequeño.”
Cuaderno azul
Martes 1995
“Sofía se impresiona con cosas pequeñas.
Un dolor de cabeza.
Una uña rota.
La sangre en una rodilla.
Es como si todavía creyera que el mundo quiere advertirle algo y no que simplemente está.”
Mamá volvió a dormirse maquillada.
Le salían pequeños brillos plateados debajo de los ojos, como si durante la noche alguien intentara convertirla en otra persona.
La semana siguiente estábamos sentadas en las escaleras detrás del gimnasio. Lorena arrancaba pedacitos de pintura azul con la uña.
“El sábado fuimos al cementerio a enterrar a mi tía” —dijo.
Yo nunca había ido a un cementerio.
Los conocía solamente por las conversaciones de adultos y por las flores envueltas en plástico que vendían afuera de algunos hospitales.
“¿De verdad? Yo jamás he ido a uno.”
Lorena levantó la cabeza despacio.
No sonrió.
“Yo sí muchas veces”
Después siguió arrancando pintura.
Pero ya estaba hecho.
Yo entendí inmediatamente que Lorena pertenecía a un lugar al que yo todavía no había entrado.
Un lugar importante.
Los cementerios me parecieron entonces algo elegante y misterioso. Como los hoteles, las bodas o los adultos que fumaban mirando la lluvia.
Pensé que quizá las personas importantes tenían más muertos.
Cuaderno azul
Miércoles 1995
“Mi tía tenía las uñas pintadas cuando la enterraron.
Pensé que eso debía dar mucha tristeza bajo tierra.”
Cuaderno azul
Jueves 1995
“A veces me da vergüenza caminar con Sofía.
Y a veces me da vergüenza que no esté.”
En religión nos mostraron un dibujo del infierno.
Los condenados tenían la piel naranja y las manos negras. Algunos gritaban mientras unas criaturas rojas les mordían las piernas.
Yo miré a Lorena para ver si tenía miedo.
No tenía.
Miraba el dibujo con atención verdadera, como quien intenta recordar una dirección.
Después levantó la mano y preguntó:
“Si alguien se muere antes de hacer algo malo, ¿igual cuenta?”
La hermana Pilar se quedó callada unos segundos.
“Dios sabe leer los corazones” —dijo al final.
Yo sentí frío en la espalda porque el mío llevaba semanas roto.
Cuaderno azul
Viernes 1995
“Cuando Sofía se queda callada demasiado tiempo me dan ganas de abrazarla o de pegarle.”
Cuaderno azul
Sábado 1995
“Hoy pensé que Sofía sería bonita si estuviera muerta.
Después me sentí mal.”
Esa tarde no pude concentrarme en los deberes.
Me quedé imaginando a Lorena caminando entre tumbas.
Lorena leyendo nombres.
Lorena al lado de agujeros abiertos en la tierra.
Imaginé también su cara debajo del suelo y sentí una tranquilidad inmediata, limpia, casi feliz.
Me asusté un poco, pero no demasiado.
A los siete años una todavía no se entiende bien la diferencia entre pensar algo y desearlo.
Mi hermano mayor estaba en el balcón aplastando latas con el pie.
Le pregunté:
“¿Con qué se golpea más fuerte, con piedras o con ladrillos?
Él ni siquiera levantó la cabeza.
“Depende del tamaño”
Esa noche guardé una piedra dentro del bolsillo del abrigo azul del colegio.
No era muy grande, pero pesaba más que las otras.
Cuaderno azul
Lunes 1995
“Hoy Sofía me preguntó si los muertos oyen.
Le dije que sí aunque no sé.”
Cuaderno azul
Martes 1995
“Sofía me preguntó si los gusanos entraban primero por los ojos.”
Cuando llovía, el patio olía igual que las macetas recién abiertas de la iglesia.
Yo empezaba a pensar cada vez más en la tierra.
En lo fácil que debía ser llenarle la boca a alguien con ella.
En lo silenciosos que debían volverse los cuerpos debajo del suelo.
A veces imaginaba a Lorena acostada dentro de una caja blanca, finalmente quieta, mientras yo la observaba sola.
Y lo peor era que en esas imágenes seguía queriéndola muchísimo.
Cuaderno azul
Miércoles 1995
“Creo que Sofía piensa en mí más de lo que piensa en Dios.”
Cuaderno azul
Jueves 1995
“A veces creo que Sofía quiere entrar dentro de mi vida como si yo fuera una casa.”
Cuaderno azul
Viernes 1995
“Hoy soñé que Sofía dormía debajo de mi cama.
En el sueño yo sabía que estaba muerta pero igual no tenía miedo.”
Cuaderno azul
Sin fecha
“Creo que Sofía piensa en la muerte más que las otras niñas.
Hay algo roto dentro de ella pero no sé dónde.”
El jueves salimos más tarde del colegio porque una profesora había perdido unas llaves.
El cielo estaba gris y el viento movía las ramas de los árboles del patio como si alguien estuviera buscando algo entre ellas.
“Mi cementerio favorito queda cerca”, dijo Lorena de repente.
Favorito. La palabra se me quedó clavada.
Las flores habían comenzado a crecer de nuevo y los árboles estaban reverdeciendo.
“¿Quieres verlo?”
Yo metí la mano dentro del bolsillo del abrigo. La piedra seguía ahí, tibia.
Lorena empezó a caminar delante de mí pateando algunas pocas hojas secas y envoltorios vacíos.
Cada ciertos pasos giraba la cabeza para comprobar que yo continuaba siguiéndola.
Y yo la seguí.
Mi corazón llevaba semanas roto.
Pensé que Lorena podía oírlo abrirse y cerrarse dentro de mí como otro par de pasos. ¿Oiría a la piedra también? ----- Para V
-----
Aviso Editorial
Publicado por La Fuente de Jade (España). © Todos los derechos reservados por La Fuente de Jade. Esta obra está protegida por las leyes aplicables de derechos de autor y propiedad intelectual.



Comentarios