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Tinta

  • Valeria Suquyne
  • Dec 28, 2025
  • 4 min read

Updated: 6 days ago




Las cloacas comenzaban a apestar, primero con un olor apenas perceptible, que no era exactamente a podredumbre ni a humedad. Había en el aire un matiz más denso, dulzón, casi metálico, como si una gota de tinta fresca hubiera caído en los túneles y empezara a expandirse, imperceptible pero insistente. Todo el vecindario estaba ya en búsqueda de una posible plaga oculta. Sin embargo, ni las ratas, ni las diminutas lombrices del otoño, ni los insectos más pegajosos daban señales de sobrepoblación.


Además, Rosaura sabía que esos olores no procedían de un animal conocido. Su experiencia era extensa en lo concerniente a roedores e insectos; no en vano sus largos años en las áreas de la entomología, la mastozoología y la parasitología habían afinado su olfato, su visión y hasta su tacto a un sinnúmero de señales de control. Aun así, aquel aroma espeso —como tinta fermentada— escapaba a todas sus categorías.


El novio de Rosaura había escogido una profesión muy distinta. Poeta empedernido, León escribía denodadamente sobre cualquier motivo poético que despertara su interés, marcado por una clara pasión hacia el mundo de la bibliofilia, desde el material del que estaba compuesto el título de un libro de prosa oscura hasta el material de que estaban hechas sus páginas. A menudo tenía los dedos manchados de tinta —negra, azul, a veces rojiza—, y Rosaura era capaz de reconocer su presencia en una habitación por el ligero aroma a papel recién abierto y a tinta seca que él dejaba detrás.

Por las noches Rosaura y León tenían apasionantes conversaciones en torno al mundo de lo inusual. El olor nauseabundo que arropaba últimamente al pueblo era un motivo irresistible de discusión. A veces Rosaura analizaba una muestra en su laboratorio improvisado; otras veces León imaginaba un poema que mezclaba cloacas, tinta y pecado. De hecho, el tema estaba salvando su matrimonio, envejecido de hábitos y vicios introspectivos. La sombra nueva que rondaba el pueblo parecía insuflarles una vitalidad inesperada.


Cada noche lanzaban distintas hipótesis.

• es la cadena panadera de don Repudio

• es una nueva especie de lagartos azules

• es la sopa de tu madre

• son los cadáveres demasiado vivaces del cementerio

• son tus axilas de hombre viejo



Pero Rosaura notaba algo más: cada día, el olor era más oscuro, más similar a ese aroma profundo que tienen las tintas antiguas cuando se cuartean dentro de los frascos.


A medida que fue pasando el tiempo y la desesperación se apoderó de la despensa de los hogares, una extraña sombra comenzó a habitar las calles, los postes y los techos ya empolvados y ennegrecidos. La sombra se deslizaba como un líquido lento que buscara grietas donde reposar. Nadie lo vio venir, pero parecía proceder de una maldición incomprensible. Un murmullo se extendió: aquello no era una plaga común, era algo que manaba.


Todos comenzaron a evaluar sus pecados y a hacer cuenta sincera de sus penas, sintiendo vergüenza personal y colectiva por cada desacierto y desvío del carácter. Fue León quien más aprovechó esta situación, pues vio expuestas almas y corazones, y se armó de nuevas palabras y delirios para sus indagaciones literarias y creativas.


Sin embargo, muy pronto aceptó que algo extraño pasaba y no era consecuencia de su despiste ni de las múltiples herramientas que Rosaura usaba en sus inquisiciones de laboratorio: su colección de tintas había hecho tanta mella en frascos y recipientes, que con lo que quedaba no podía escribir ni una palabra, y él no se veía capaz de escribir con la vulgar tinta de un bolígrafo de tienda. De hecho, algunas botellas parecían haberse evaporado o vaciado sin explicación, dejando un residuo oscuro, parecido al olor que impregnaba las calles.


Rosaura empezó a quejarse, a lamentarse de simpleza y superficialidad: ya no había poemas, circunloquios, intentos poéticos, y ella se estaba hartando de que ni la plaga ni la peste ni la poesía salvaran ya su matrimonio.


Fue por esos días que don Repudio comenzó la arenga:

¡he encontrado la respuesta, la tengo!

Poco a poco vecinos y curiosos se acercaron a su panadería y comprobaron cómo un charco negrísimo de tinta había comenzado a inundar su taller, saliendo por los resquicios de la cocina y llenando de manchas informes la puerta de su negocio. El olor era el mismo de las cloacas, solo que ahora más húmedo, insistente y vivo, como si la tinta se expandiera por voluntad propia.


Bastaron tres días de catástrofe para que la poesía llenara con su negrura todas las calles del pueblo y para que, antes de que León cayera víctima de ahogo e intoxicación, como todos y todo en el pueblo, Rosaura usara a su pandilla de animalitos para atormentarlo de prosa y poco a poco de mudez. Las pequeñas criaturas, entrenadas para responder a olores y vibraciones, parecían comprender la tinta como si fuera un organismo rival; lo rodearon, lo asfixiaron con su insólito coro de chasquidos y señales, obligándolo a callar para siempre.


El lunes que siguió a la tragedia, un mar realmente negro inundaba el horizonte. La tinta respiraba con lentitud, subiendo y bajando como un pecho inmenso. No había ya nadie para preguntarse si aquello era silencio o exceso de palabra. Solo la tinta hacía presencia, la tinta muy negra, y alguna hoja seca y muy naranja de aquel otoño que ya nadie podía nombrar.


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Para D



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