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Pendiente

  • Valeria Suquyne
  • May 18
  • 5 min read

Rafael entra al restaurante y se dirige a su mesa de siempre. A los setenta y ocho años camina despacio, aunque todavía con suficiente garbo como para rechazar ayuda. El maître inclina la cabeza al verlo llegar. Los camareros jóvenes creen que es un aristócrata arruinado o un antiguo director de cine europeo. Los más viejos saben algo más extraño: Rafael lleva cincuenta y siete años cenando allí vestido de hombre impecable y usando un solo pendiente dorado, inusitadamente largo para un hombre, y un hombre de su edad.


El restaurante abrió cuando la ciudad todavía tenía humo en las fachadas y camareros capaces de insultar elegantemente a los clientes. Rafael apareció la segunda semana de inauguración y desde entonces ocupa la misma mesa junto a la ventana. Ha sobrevivido a tres dueños, cuatro incendios menores, una estrella Michelin, dos intentos de modernización desastrosos y una temporada en que sirvieron espuma de remolacha sobre piedras calientes. Rafael pidió una tortilla y se negó a hablar del tema durante meses.


Las lámparas cambiaron. Los cubiertos cambiaron. Cambiaron incluso las prostitutas del puerto, pero Rafael siguió llegando cada jueves con trajes oscuros, zapatos perfectamente lustrados y aquel pendiente dorado con piedra azul colgando de la oreja izquierda. Alargado, es vulgar incluso, salvo por la piedra azul tan oscura que bajo ciertas luces parece petróleo. Rafael comenzó a usarlo a los veintiún años, después de una noche en un camarote diminuto de barco donde descubrió dos cosas importantes: que estaba enamorado y que jamás volvería a ser completamente la bestia que había criado su padre.


La otra persona involucrada en aquel descubrimiento se llamaba Bastien. O Lucien. O ambas cosas. Dependía de la ciudad, del alcohol y de quién estuviera preguntando.


Trabajaba en una compañía ambulante de danza y variedades que viajaba rumbo a Alejandría en un barco lleno de artistas hambrientos, funcionarios ambiguos y hombres con demasiado perfume. Rafael descargaba pescado en el puerto y fingía leer a Dostoievski para parecer interesante. Bastien decía que aquello era adorable y patético al mismo tiempo. Pasaron un verano entero juntos y mezclados.


Dormían poco, discutían muchísimo y se robaban cigarrillos incluso teniendo cajetillas propias. Algunas noches Bastien aparecía vestido de mujer. Otras, Rafael se probaba sus pendientes frente al espejo roto del camarote mientras ambos se reían hasta marearse por el calor.


“Tienes cara de viuda rica”, le dijo una vez.


Rafael conservó el pendiente desde entonces. El otro estaría quizás en la oreja de un viejo francés deambulando por los camatostres más anticuados de los puertos africanos. Quizás el pendiente se habría arrastrado sobre el cemento en una pelea callejera. Quizá alguien lo había vendido por vino barato. Nunca importó demasiado.


El día de la despedida llovía. El puerto olía a sal, combustible y fruta fermentada. Rafael había preparado durante horas una frase devastadoramente romántica, pero cuando llegó el momento solo consiguió preguntarle si volverían a verse.


Bastien soltó una carcajada tan fuerte que un marinero giró la cabeza.


“Ay, Rafael. Qué vocación tan triste tienes para esperar.”


Después subió al barco y desapareció.


Esa misma noche, antes de la despedida definitiva, Rafael había bajado solo al comedor del barco. Bastien seguía arriba, maquillándose frente a un espejo que devolvía siempre una cara distinta. El restaurante flotante olía a sopa de ajo, sudor elegante y vino barato. Un camarero de mandíbula afilada secaba copas detrás de la barra mientras observaba a Rafael con curiosidad cansada.


“Tu amigo tiene piernas de vedette triste, pero sus ojos me recuerdan a los de un boxeador.”


Rafael sonrió apenas.


“Tiene ojos de persona hambrienta.”


El camarero soltó una risa breve. Luego inclinó un poco la cabeza hacia la cubierta superior, donde se escuchaban pasos y música filtrándose entre las tuberías.


“Anoche salió vestido de mujer” —respondió al cabo el camarero—. “Hubo hombres mirándolo con deseo y otros con ganas de romperle la cara. A veces son exactamente los mismos hombres.”


Rafael encendió un cigarrillo.


“A él le gusta provocar.”

“Lo que pone nerviosa a la gente es verlo ahí, tan campante, como si nada de eso tuviera que esconderse.”


El camarero dejó la copa sobre la barra con delicadeza religiosa.


“La gente cree que el travestismo es una fiesta o una perversión de puerto, pero no. A veces es gente demasiado viva para caber en un solo traje. Demasiado herida también. Se ponen lentejuelas para que el miedo tenga algo bonito que mirar.”


Desde arriba llegó una carcajada de Bastien, enorme y teatral, seguida por aplausos aislados.


El camarero sonrió con cierta melancolía, quitándose con un dedo un mechón de pelo que caía sobre su frente.


“Míralo bien mientras puedas. Los hombres así desaparecen rápido. El mundo siempre encuentra maneras elegantes de expulsar a quienes brillan demasiado.”


Durante años Rafael buscó noticias. Revisó listas de pasajeros, preguntó en consulados donde siempre parecía ser demasiado temprano o demasiado tarde, habló con marineros alcohólicos y camareras mentirosas. Descubrió rumores sobre incendios, epidemias, pequeños golpes de Estado y artistas muertos en ciudades imposibles. Nunca encontró nada definitivo.


Finalmente entendió que quizá no estaba esperando a una persona, sino que estaba esperando volver a sentirse ridículo y por eso siguió yendo al restaurante.


Bastien decía que los lugares elegantes eran perfectos para esconder desgracias discretas y desde la ventana de aquel restaurante podía verse el puerto antiguo. En ningún otro sitio el tiempo envejecía con tanta educación.


Desde hace más de diez años la cena comienza siempre igual: mantequilla ahumada, pan caliente, aceitunas con naranja y tomillo. Luego vieiras sobre crema de coliflor, un consomé transparente que parece perfume caro y finalmente pescado con azafrán o pato con higos, dependiendo del humor del chef y de la inflación.


Rafael casi nunca termina los platos.


Mientras come observa a la gente entrar bajo la lluvia, bajo el verano, bajo los años. A veces las mujeres lo miran demasiado. A veces los hombres apartan la vista demasiado rápido. Él disfruta ambas cosas con malicia serena. Los camareros nunca retiran la segunda copa de la mesa hasta el final de la noche.


Esa noche, mientras el postre llega —pera pochada, mascarpone y miel oscura—, una niña de unos diez años se queda mirándolo fijamente desde otra mesa.


“Mamá” pregunta en voz alta, “¿ese señor es una mujer?”


Rafael levanta lentamente la vista, su pendiente brilla, bebe un poco de vino y sonríe con ternura.


“A veces, hija.” ----- Para D


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