top of page
Search

Granja

  • Valeria Suquyne
  • Dec 30, 2025
  • 6 min read

Updated: 6 days ago


Los placeres de la vida son dos: cerrar los ojos y abrir los ojos.

El segundo es muy superior, pero para abrir

los ojos hay que haberlos cerrado.

 

Pompeya, Girolamo Vico Acquanera

 

i

El granero. La paja desperdigada —los niños desperdigados— baña de amarillo narciso las prendas desgastadas. Luciana levanta el húmero del brazo derecho que choca con el cúbito del antebrazo izquierdo. Una vez más tienen el día solo para ellos y Julio frota el radio del antebrazo derecho con el carpo de la mano izquierda. Las dos vacas abren los ojos con lentitud, las lagañas se estiran, las pupilas se agrandan redondas como gotas de tinta que caen en el agua, el cielo achatado que dibuja, sobre la cama del horizonte, un sol formidable con fisuras en la circunferencia. El granjero no ha vuelto y a esa hora estrecha su cuerpo rollizo contra elcachemir almidonado del vestido de Mariela. El cuerpo macizo de las vacas aplasta la paja húmeda, la entrañamusculosa de la lengua se prepara para una faena abundantede mandíbula tenaz, y sobre la vía láctea irriga la mancha negra y el caminito que hacen algunas hormigas sobre ellas, atravesando con seis patas esa extensión del universo. A cierta distancia, sobre el techo de la casa del granjero, elcielo fresco es atravesado por un estornino que fija sus ojos tostados en seis estorninos, cada uno de los cuales se fija en otros seis estorninos y son ahora un óvalo estirado, luego un óvalo con pendientes y desfiladeros. Cerca de una de las vacas se ve la cumbre de la espalda de Rosario, que se llama omóplato, doblar al golpe de un pedazo de madera.

 

ii

Frente a las montañas y sus cumbres, muy lejos de ellas, a varios días de cuádriceps que resisten entre colinas, se ven los andamios esqueléticos del nuevo granero. Luciana, Julio, Rosario y Magdalena se levantan a las cinco de la mañana, recogen agua del riachuelo, van por leña al bosque, viajan al pueblo por instrumentos. Las poleas cantan una tracción rugosa, mecánica, narran con chillido de estornino la mañana, aunque el granjero no pueda escucharlas y a aquellas montañas llegue apenas el eco, las últimas exhalaciones de un traqueteo. Siente los labios jugosos de Magdalena que lo refrescan y más cerca dos colinas dibujanuna trocha de hierba aplastada que conduce al pueblo. El mundo es mudo. El trigo es abundante y se tritura sin esfuerzo, es arena resbalada entre los dedos. En la parte anterior del cúbito, en el músculo flexor de los antebrazos del granjero se acumula la tensión por el esfuerzo físico y en un extender y contraer prepara una especie de mampostería de tablas para el contorno de las ventanas. La piel rugosa de las tejas y los canales de madera acarician las yemas de sus dedos, cuyas terminaciones nerviosas atienden una suerte de respiración interna. Reconoce la fuerza en los ligamentos, el tejido fibroso de los tendones pronunciados, cuenta en su mente, porque sabe, los diecinueve músculos que proporcionan movimiento a sus dedos. Con ritmo de hierro recoge los escombros de la puerta, construida por error con madera podrida, y ve a Rosario, su hija menor, correr hacia él y ve sus mejillas mojadas y su frente sucia. Se caen al agua musgosa los restos de la puerta que tiene sobre los brazos mientras, ya caída y en la casa cerca del futuro granero, Magdalena se está deshaciendo.  

 

iii

Rosario hunde su mandíbula en las ancas de la vaca más cercana y esa respiración pausada acuna su garganta. Confíaen que han estado juntas muchos días desde que su madre murió, al menos cuando las vacas descansan unas horas en el granero. Al lado, Julio y Luciana juegan con sus huesos impares, abrazado él a su espalda: vértebras contra esternónson una cuchara tras otra cuchara, una blancura en forma de flecha y un reptil que hace de columna. La otra vaca mira a los niños tras pestañas largas como larga es la guadaña que siega a ras de tierra una ceremonia de despedida. El granjerojuguetea en la casa con los pechos sutiles como empuñaduras de la tierra que tiene Mariela. Ella gime lo que para él es esa contorsión que riega de sombra las paredes y le murmura ecos por dentro. Han pasado muchos días y Julio, Rosario y Luciana tañen entre sí como campanas enclenques. Sus cabellos son enredaderas tintadas de amarillo narciso y los picos de las cordilleras distantes no alcanzan a verlos. Las dos vacas no son Magdalena pero entienden y los miran, cuidándolos. También los escuchan. Las orejas se levantan, las pupilas, de nuevo, se dilatan, y ellas escuchan unos tonos a los que ya se han acostumbrado. Bajo la paja desparramada, una noche en que la luz de la luna entra por las cornisas altas y delgadas de la puerta y las ventanas, entra el granjero. Los niños despiertan y Rosario se mimetiza en palo tosco, ya no tiene aquel corazónvigoroso. No los ve y se va dando tumbos entre árboles breves y hojas de nogal.

 

iv

Mariela camina desde la cumbre de un peñón, cortina de la montaña, hacia el pueblo diminuto. Corre bajo nubes negras y sus ojos se humedecen de corriente y luz. Abajo el cielo está demolido, se ha caído en un azul claro que tiene el tono de los huevos del estornino y allí abajo recoge su bicicleta. Un abedul le cede el paso y ella libera su cabello con la promesa del viento que golpeará de suavidad el brío de sus muslos. Entre cierra sus párpados, atraviesa flores sudorosas, sembrados de trigo y arroz, alcanza el valle al que llegará la lluvia y ve por última vez la casa lejana del granjero. Quizás lo que más extrañe sea el silencio, aunque siente que hay algo más. Él nunca pudo decirle nada. Se sube a su bicicleta y maneja hacia el oriente, estrepitosa y atrevida. A esa hora, el hombre estrecha su cuerpo rollizo contra el cachemir almidonado del vestido que Mariela dejó en su cama, y unas gruesas lágrimas calientan sus mejillas. En el granero, bajo la paja de amarillo narciso, Luciana levanta el húmero del brazo derecho que choca con el cúbito del antebrazo izquierdo. Julio frota el radio del antebrazo derecho con el carpo de la mano izquierda. A esa hora, cerca de una de las vacas se ve la cumbre de la espalda de Rosario, que se llama omóplato, doblar al golpe de un pedazo de madera.

 

v

El cielo se seca de lluvia y pronto empieza el ocaso del día. El granjero busca aguzar algún sentido para encontrar una revelación y se queda suspendido mirando el occidente. Extrae del rosa y del naranja pálido del atardecer un naranja claro brillante y un violeta con manchas marrón; le echa gotitas de pigmento al atardecer y suspira entrecortado. Camina dando tumbos, despidiendo los restos del aroma de Mariela contenidos en aquel vestido. A cada paso se le aparece la tierra vibrante y la planta de sus pies, embriagada, está desnuda y mojada. Llega a la puerta del granero y es oído. Se acerca sigiloso, no recuerda cuánto ha pasado desde que dejó a sus hijos allí. Pero es Mariela quien ocupa el primer plano de sus pensamientos. Magdalena es una calidez, apenas una memoria. En cambio, su dolor se hace presente todo el tiempo, no llega al recuerdo, su dolor se actualiza. Ya son treinta y dos años de sordera del granjero, de esa lesión profunda en el tímpano, y el dolor se actualizaen la repetición vigilante del accidente. Las dos vacasprotectoras, despiertas, exhalan la noche y alertas libran estrellas desde la laringe.

 

vi

Luciana se hunde más en la paja, se hunde como en la profundidad del océano y cierra los ojos en ese arrullo calientito, se olvida. Las vacas, fuera del granero, escuchan y se acercan sigilosas y en cuidado. Julio protege a Rosario,hunde sus dedos en las curvas inclinadas que en su delgadezseparan una costilla de otra, y se estremece de la fragilidad que ha alcanzado a su hermana. Luciana chapotea cuando ve los pies desnudos, robustos, de su papá, y buscando auxilio se hace un ovillo, choca la clavícula izquierda con el fémur derecho, la derecha con el izquierdo, es ahora un armadillo, y Rosario responde golpeando sus falanges contra el hueso nasal de Julio, y son ahora una marimba. El granjero pega a las paredes pero no ve a nadie que se mueva en la superficie. Se queda de pie, esperando, y extiende la palma de las manos sobre la madera. Algo vibra, las quita. Entra un poco más y se topa con un plástico inmenso que cuelga del techo. Se queda allí, extiende sus manos. El plástico vibra como el agua cuando alguien le tira una piedra. Abre los ojos y comprueba esa agua seca y brillante moviéndose. Retrocede y se deja caer sobre una de las esquinas de madera. Llega una vibración de objetos y cuerpos que chocan entre sí y queson un rumor hueco que le silba por dentro. Su cuerpo es caja de resonancia, lo toca el sonido. Se desprende de ese tacto y camina al centro del granero, sintiendo en sus pies la paja seca y quiere echarse a dormir. Se hunde en la paja al lado de Luciana. Flota oliendo el estiércol, sintiendo la reverberación de tres peces cercanos.


---

Para D



-----

Aviso Editorial

Publicado por La Fuente de Jade (España). © Todos los derechos reservados por La Fuente de Jade. Esta obra está protegida por las leyes aplicables de derechos de autor y propiedad intelectual.

 
 
 

Recent Posts

See All

Comments


 

© 2026 by La Fuente de Jade. 

 

bottom of page