top of page
Search

Carrera

  • Valeria Suquyne
  • Dec 24, 2025
  • 3 min read

Updated: 6 days ago



17:03, eclipse total. Juro que Mateo lo ve desde el parque alto con sus tres compinches de guardería, todos con las gafitas de cartón que consigo en la farmacia de la esquina después de hacer cola dos horas como una idiota. Llevo la nevera portátil colgando del hombro, cuatro botellas de leche recién sacada porque el crío sigue enganchado a la teta a los dos años y nueve meses como si fuera un puto koala. El plan es recogerlo a las 16:40, sentarme en el banco de los tilos, dejar que mame mientras los demás niños miran la luna comerse al sol. Perfecto. Infalible.


Salgo del curro a las dos con 122 kilos encima y un vestido azul que me queda estrecho en las tetas y en la barriga. No cojo taxi porque debo tres meses de alquiler y la tarjeta está en números rojos tan rojos que hasta el cajero automático me mira mal. No cojo bus porque no quepo entre los asientos y porque odio que me miren como a un fenómeno de feria. Así que camino. Camino y sudo. A mitad de la avenida de los Plátanos la leche se me sale sola, dos manchas oscuras que crecen como mapas de continentes. Un viejo me señala: “Se te ha derramado algo, hija”. Me dan ganas de escupirle, pero aprieto los dientes y sigo. Los semáforos se ponen en rojo como si alguien los hubiera programado para joderme personalmente.


A las 16:18 ya corro, o lo que mi cuerpo permite que se llame correr: un bamboleo de carne y grasa que me hace jadear como un perro viejo. Recuerdo la vez que llegué tarde cuando Mateo tenía seis meses y lo encontré llorando en brazos de la directora, la cara hinchada, los mocos hasta la barbilla, y la mujer diciéndome muy bajito “esto no puede volver a pasar”. Desde entonces cargo con esa escena como con una mochila llena de piedras. Cruzo en rojo. Un taxi frena en seco y el conductor saca la cabeza: “¡Gorda loca, quieres morir!”. Le grito de vuelta “¡Mi hijo, cabrón!” y sigo. En el parque-bosque prohibido resbalo en una pendiente de hojas podridas, ruedo, me clavo una rama en la pantorrilla, acabo sentada en un charco de barro con el vestido pegado al culo y la leche chorreando por la pierna. Un tipo con auriculares me mira como si fuera un accidente de tráfico en directo.


Llego a las 17:05, cinco minutos tarde, hecha una mierda, oliendo a sudor ácido y a leche agria. La tutora abre la puerta y ni me saluda, solo aparta la mirada como quien aparta la vista de un vertedero. Entro. Mateo está en la alfombra, rodeado de elefantes de peluche, dándoles golpecitos en la trompa con esa concentración absoluta de los niños que no necesitan a nadie. Me ve. No sonríe. Se queda mirando las manchas de leche del vestido, se levanta tambaleándose, viene directo y hunde la cara en mi pecho empapado. Empieza a mamar ahí mismo, de pie, sorbiendo fuerte, sin abrazarme, solo chupando como si yo fuera una máquina expendedora que ha llegado con retraso. La tutora carraspea. Me quedo quieta, respirando ese olor a talco barato y a plastilina, sintiendo cómo la leche sigue saliendo y goteando al suelo entre sus zapatitos. Afuera el eclipse ya pasó y nadie lo vio.


El padre de Mateo, ese arquitecto de pacotilla que ahora firma casas pasivas en Bergen para parejas que hacen yoga a las cinco de la mañana y no tienen hijos, nunca sabrá lo que es esto. Que se quede allá con sus vigas de madera certificada y su flaca vida. Aquí estamos Mateo y yo, él mamando como si el mundo se acabara en cada sorbetón y yo dejando que se acabe, porque al menos llegué, tarde pero llegué, y la leche sigue saliendo, y el suelo está sucio, y nadie nos va a dar una medalla por ello.


---

Para D



-----

Aviso Editorial

Publicado por La Fuente de Jade (España). © Todos los derechos reservados por La Fuente de Jade. Esta obra está protegida por las leyes aplicables de derechos de autor y propiedad intelectual.

 
 
 

Recent Posts

See All

Comments


 

© 2026 by La Fuente de Jade. 

 

bottom of page