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Aceite

  • Valeria Suquyne
  • Dec 26, 2025
  • 3 min read

Updated: 6 days ago


La revista de Batman estaba toda manchada de aceite. La había leído tantas veces que las manchas densas que estaban ya derritiendo letras, miradas certeras y misterios, no distorsionaron la claridad de la historia, el drama de aquellas dos páginas que tanto quería. Allí estaba ahora con esas hojas engrasadas como sosteniendo un cadáver, justo en la parte en donde Robin, que había sido traicionado por su madre, moría a manos del Joker y Batman lo cargaba ensangrentado y hecho harapos. Que tu madre te traicione y mueras asesinado por el cruel más irónico, y que tu compañero te cargue hecho un despojo era algo que Julio nunca había podido entender ni soportar. Y a pesar del terrible ardor, del desconcierto, volvía una y otra vez a aquella revista, obsesivamente.


Su madre había recibido la colección completa de las revistas de Batman como herencia de una de sus compañeras de trabajo, cuyo hijo se negaba a dormir a horas razonables debido a su obsesión por aquellas historias. En un intento por salvarlo, su madre había optado por regalarlas todas y provocó, sin presuponerlo, que otro adolescente se obsesionara con la psicología oscura de ese hombre que nunca superaría la muerte de sus padres. Él mismo, pese a adorar a su madre, tenía la fantasía de que ella y su padre desaparecieran, y temía cada vez que esos pensamientos lo asaltaban.


Agarraba su revista favorita y leía repetidamente la primera parte: “La noche en que murieron mis padres, Bruce Wayne también murió. Y nació algo más”, y se la llevaba entre un brazo y el tronco, como si fuera su pequeña criatura sagrada. Estaba fascinado con la mente obsesiva de Batman, con su capacidad de control y planificación, con su sombra. Con el tiempo, Julio empezó a evitar la presencia de su madre y en su lugar comenzó a tenerle aversión a la revista, especialmente la que iba del número 426 al 429, y sin ser del todo consciente, comenzó a fraguar planes obsesivos para destruirla, al tiempo que la protegía de cualquier peligro.


Una tarde, sin embargo, algo cambió. Derramó aceite sobre las páginas sin querer, aceite de la sartén donde su madre acababa de freír pescado, y vio cómo el líquido se deslizaba con lentitud por los pliegues del papel. Primero fue un brillo dorado que parecía embellecer la tragedia; luego, el aceite empezó a volverse parte del papel, a hacerlo translúcido, como si quisiera disolver la frontera entre tinta y fibra. Las palabras se volvieron suaves, el color de la sangre se volvió ámbar, y los rostros de Batman y Robin se desdibujaron como si fueran recuerdos que alguien intentaba olvidar.


El aceite, al filtrarse, unificó las capas del papel, borró los límites entre los personajes y sus sombras, entre la historia y la piel del lector. La mancha avanzó como una herida caliente, borrando lentamente lo que había sido un dolor infantil: las letras se rendían, las líneas se derretían, y la escena del crimen se disolvía en un velo de transparencia brillante.


Julio miró entonces la revista empapada y entendió que la estaba destruyendo del mismo modo en que había querido destruir, sin saberlo, el desprecio que lo carcomía hacia su madre y su padre.

El aceite, al oxidarse, dejaría un rastro amarillento en las páginas: una huella que con el tiempo se volvería invisible, pero seguiría oliendo.

Cerró la revista.

No lloró.


Y desde esa noche, mientras el papel se secaba lentamente sobre el alféizar de la ventana, Julio empezó a soñar que Batman le devolvía a Robin vivo, sin sangre, sin traición, y sin padres que morir.


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Para D



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