Humo
- Valeria Suquyne
- Mar 5
- 7 min read

La madre había salido a pagar el alquiler. Antes de cerrar la puerta había dejado la radio encendida en la cocina con el programa de historia que escuchaba cada tarde y al que, al final, hacía una pequeña venia, inclinación elegante y sincera que su hija nunca había comprendido. El padre, quizás trabajando, o no.
La niña había acabado de leer una breve novela de terror que terminaba en el momento más álgido: una cabeza del tamaño de una mano se asomaba al horno de la protagonista, como a una ventana, chillando con voz fina. No quiso volver a la cocina después de leerla. Pensó que, si entraba, sentiría una presencia mirándola desde la alacena.
La casa estaba tranquila. Su hermano mayor estaba acostado en la cama de sus padres, jugando con un cubo de madera de trama imposible. Llevaba días enfadado con ella, desde que su madre le había preguntado cuánto era once por trece y él se había quedado mudo, como si el once ya fuera un abismo y ella, cinco años menor, respondiera ciento cuarenta y tres con una facilidad inmediata. Desde entonces, él la miraba sin mayor interacción.
A ella le dolía, pero no sabía dónde: algo como una piedrita instalada detrás del esternón. A veces el dolor era otro: en ocasiones había visto reírse leyendo algún fragmento del Quijote y entre imaginerías invisibles y breves explicaciones, terminaban llorando de la risa sin que ella alcanzara a comprender los alcances de esa intimidad . Había allí un código, una música de la que ella estaba excluida.
Aquel día iban a cenar solos. El hermano era el responsable de calentar la comida. Le gustaba cocinar; decía que el fuego obedecía si uno sabía mirarlo fijo. Encendió la hornilla y volvió a la cama. Dijo que sólo esperaría a que se calentara la sopa y a que se entibiara el arroz con nuez moscada. Ella se sentó cerca. El cuarto estaba entibiado por una luz amarilla que entraba torcida por la ventana.
Había sequía. Después de las lluvias que estaban todavía arrasando el noroeste el mes anterior, el agua se racionaba como si también pudiera incendiarse. La madre medía los litros, el padre vigilaba el tanque. En la ciudad el aire siempre parecía estar a punto de algo. En el tránsito entre un pensamiento y otro, y la necesidad de comunicarse de algún modo, así fuese sólo a través del silencio, su hermano se quedó dormido sin que ella se diera cuenta de la transición. Había algo abrupto en él, brusco, una especie de tibia brutalidad.
Ella lo observó con una concentración casi devota. El lunar al costado de la nariz. Las mejillas siempre sonrosadas. Las cejas tupidas, bosque oscuro sobre los ojos cerrados. El pecho que subía y bajaba con una autoridad tranquila. Él había sido su héroe desde que ella tenía memoria.
Su primer recuerdo era haberlo estado buscando en un terreno inmenso, recién aprendida a caminar, cruzando habitaciones innumerables hasta hallarlo dormido en una habitación casi vacía en la finca del abuelo, con camiseta azul y pies desnudos, sudoroso bajo el ardiente trópico central. Recordar esa escena le aceleraba el corazón, le abría una viga de luz al misterio.
Jugaban a la lucha libre sobre esa misma cama. Inspirados por la WWE que él seguía religiosamente, se lanzaban uno sobre el otro con harapos como capas. Él casi siempre la vencía, aplastándola con su peso creciente. Algunas veces ella había logrado girarlo, inmovilizarlo y quedarse encima, sujetándole las muñecas contra el colchón. Entonces sentía el corazón golpearle el pecho con una violencia nueva, como si quisiera romper la jaula de huesos y salir. Veía en los ojos de su hermano algo oscuro, una herida breve, un orgullo quebrado. Y durante un segundo, un segundo apenas, imaginaba que si presionaba un poco más podría abrirle el pecho y comprobar qué latía allí dentro. Después continuaba la lucha, rápida y punzante.
Lo miró dormir y sintió esa sombra, pero también otra cosa, más reciente, más incómoda: una curiosidad que le subía desde el estómago cuando lo veía cambiar, crecer, ocupar más espacio en la habitación. Era como si el aire se plegara alrededor de él.
Y el aire, de hecho, se estaba plegando.
Al principio fue apenas una densidad leve. Respirar requería un poco más de atención. Luego un olor, no desagradable pero extraño, comenzó a filtrarse. Pensó en la cocina. Pensó en la cabecita del horno. Pensó en el fuego obediente que él decía dominar.
Tragó saliva. La garganta le raspó.
El olor se volvió más punzante. Sintió el ácido subirle desde el estómago y comprendió que la comida estaba olvidada sobre el fuego. Miró a su hermano. Dormía con la boca entreabierta. Respiraba más rápido. Pudo haberlo despertado ahí pero no lo hizo. No supo si fue pereza, miedo a su enfado o el deseo secreto de sostener ese instante donde él era suyo, indefenso y casi obediente, sin rebeldía, respirando en su presencia.
Se estiró para alcanzar el vaso de agua en la mesa de noche. Bebió todo. En el último sorbo lamentó no haber dejado nada. El tanque estaba casi vacío y su padre contaba los litros como si contara pecados.
La tos la sorprendió. Una tos seca, insistente. El aire ya tenía forma. El humo lo iba invadiendo todo, como imponiendo la mirada o como esperando que alguien lo mirara fijo hasta hundirse y desaparecer en el vaho. Humo dentro de vaho, vaho dentro de neblina, neblina disipándose en el sueño.
Despierta —quiso decir, pero la palabra no salió.
El fuego crujió en la cocina.
El hermano se agitó. Abrió los ojos de golpe, aspiró una bocanada de humo y tosió con violencia. La miró primero sin comprender y luego con una claridad feroz.
¿Qué hiciste?
Ella negó con la cabeza, pero ya estaba sollozando con sus ocho años a cuestas, con un tupido nudo en la garganta porque en realidad tenía dos ríos bien listos para salir recios por sus ojos achinados. El humo llenaba la habitación como una sustancia pensante, un carácter.
La agarró por el cuello, los dos sintiendo el ahogo por el humo. Tosía, él gritaba. Bajó la mano hasta el centro de su pecho y, con una fuerza torpe y ciega, cerró el puño como una rosa que se despliega en cámara lenta, pétalo a pétalo, pero hacia dentro, aplastando. Algo cedió. La piel se abrió bajo sus dedos. Hundió la mano buscando el corazón. El calor lo envolvió al instante. Cuando lo tocó, latía desbocado, golpeándole la palma, pájaro enjaulado. Tiró de él con rabia, con desesperación, queriendo arrancarlo de raíz, mientras tosía. La sangre comenzó a regarse entre dedo y dedo, espesa, resbalando por su muñeca, pero las arterias estaban atadas con firmeza obstinada. Tiró otra vez. No cedían.
¿Por qué? ¿Por qué? —gritó, como si recitara un poema profundo que ella no comprendía.
Se levantó tambaleándose, fue con torpeza hacia la cocina y regresó con los ojos enrojecidos.
¿Por qué no me despertaste?
Había miedo en su voz, pero también algo más antiguo. La piedra en el esternón de ella creció. Cubrió su corazón expuesto con su mano pequeña y jadeando replicó:
Me quedé dormida —susurró.
Él la agarró por los hombros y la sacudió con desesperación. El pequeño corazón de su hermana se tambaleaba como el columpio altísimo en el que jugaban cada domingo antes de la cena. En sus manos había una fuerza que ella conocía de sus combates de lucha libre sobre la cama. Esa fuerza que la aplastaba y la hacía reír y la hacía sentir extrañamente viva. La sangre se acumulaba, el humo atenuaba el rojo. La empujó contra el colchón. Tosían los dos. El humo era ya una pared, ella era la encarnación de una de las luchadoras de aquellos combates fantasiosos.
Siempre haces esto —dijo él, sin saber exactamente qué era “esto”.
Ella sintió la vergüenza subirle como fuego. En su cabeza la escena se deformó: el puño de su hermano cerrándose como una rosa semi desplegada, abriéndose paso en su pecho, buscando algo que él necesitaba arrancar. Su corazón, atado por arterias tensas, resistiéndose. Él repitiendo por qué, por qué, con el humo como única respuesta. Ella repasando sus intercambios, repasando una y otra vez los signos de su hermandad. El ahogo los separó.
Él volvió a la cocina. Se oyó un golpe metálico, el agua derramándose, el siseo del fuego al morir, al morir. El humo comenzó a cambiar de forma.
En el salón, donde la radio seguía hablando de guerras antiguas, el humo tomó la silueta de un molino. Las aspas giraban lentas y desde el centro del molino se escuchó un oscuro relincho. Un caballo, respirando con dificultad, salió galopando y de sus fosas nasales salió un vapor espeso que traía voces: la del hermano llamando a la hermana, la del hermano acusándola, la del hermano pequeño siendo observado sobre la cama en la finca.
Ella se arrastró hasta el salón, tosiendo, con aquel agujero que dejaba ver un rojo brillante palpitando y con las gotas de sangre revelando el color secreto de su savia. El agujero mismo latía. Ella se arrastró, haciendo eco sordo de su herida, y disminuyéndose entró por uno de los orificios del morro, de cuya densidad se desprendía un humo espeso, secreto, rabioso.
En aquel momento la madre abrió la puerta. En la cocina el fuego era ya una lengua débil. El agua chisporroteaba en el suelo. El hermano estaba apoyado en la pared, llorando y ennegrecido. La madre vio a la bestia en el salón llenando todo de su aliento denso, y vio cómo un hilo de sangre muy fino salía de una de sus fosas nasales. La madre gritó, fue a la cocina, buscó la radio, la mamá se hizo pequeña, se aplastó contra la pared.
La puerta de la casa se cerró de golpe. ----- Para D
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